El plato de cada mujer en tres países africanos se arma con ingredientes locales, no con recomendaciones universales. En Gambia, Kenia y Mozambique, los investigadores preguntaron durante tres años y medio a 7715 mujeres qué habían comido en las últimas veinticuatro horas y clasificaron las respuestas en diez estantes de productos: cereales, legumbres, verduras, frutas, carne, pescado, lácteos, huevos, frutos secos y aceites. Resultó que solo una de cada dos llega a la norma de «mínimo cinco estantes al día».
Las cifras por país suenan a cocinas distintas. En Gambia, donde dos tercios de las mujeres no terminaron la escuela y la pobreza es la más alta de los tres países, se alimentan de forma variada 65 de cada 100. En Kenia son 45, y en Mozambique, 39. Así, la cartera y el diploma no son los cocineros principales de esta cocina: las recetas y las costumbres locales pesan más.
Pero no todo depende de las tradiciones. La educación, el trabajo y el tamaño de la familia también añaden ingredientes: en las mujeres con estudios superiores, las probabilidades de una dieta variada son casi el doble, mientras que vivir sola o solo con los hijos las reduce. La pobreza actúa como un conjunto escaso de productos: cuanto mayor es la probabilidad de pobreza, más pobre es el plato, y en Mozambique casi una de cada seis mujeres come dos grupos de alimentos o menos.
Este trabajo comparó por primera vez, con un mismo cuestionario, a mujeres embarazadas y no embarazadas de las mismas comunidades de África Occidental, Oriental y Meridional. Antes los datos eran fragmentarios, sobre todo de Etiopía, y parecía que la diversidad de la dieta se explicaba por los ingresos y la educación. Ahora se ve que las recomendaciones universales no funcionarán si no se tiene en cuenta la cultura culinaria local. En Gambia, por ejemplo, los platos tradicionales de mijo, cacahuete y hortalizas de hoja arman por sí solos un plato rico, incluso cuando hay poco dinero.
El plato armado con ingredientes locales, y no con recomendaciones universales, nos devuelve al principio: en tres países de África se ve distinto, y los programas de nutrición deberían aprender de las cocinas locales en lugar de imponerles una receta común. Así, cada mujer tendrá la oportunidad de armar su propio plato completo.
En Gambia, el 63% de las mujeres no tenía educación escolar formal y la probabilidad de pobreza era la más alta de los tres países, pero fue precisamente allí donde la proporción de mujeres con diversidad suficiente en la dieta resultó mayor: 65,1%.
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