En un acuario, dos bancos de peces nadan en compartimentos contiguos separados por una pared transparente. No pueden tocarse, pero ven cada movimiento. Cuando un banco decide girar a la izquierda, el otro hace lo mismo un instante después. Es como si dos péndulos colgados tras un cristal empezaran a oscilar al compás.
Los peces de un banco cambian constantemente de dirección, pero no de forma caótica. Su movimiento colectivo se fija en uno de dos estados estables: o todos nadan en una dirección, o en la contraria. Es como un columpio que puede balancearse a la izquierda o a la derecha, pero no se detiene en el medio. Los cambios entre estados ocurren espontáneamente, impulsados por los movimientos aleatorios de peces individuales. Cuando los bancos se ven entre sí, estos cambios empiezan a coincidir.
Los científicos midieron cómo la fuerza de esta sincronización depende de la anchura del espacio entre los compartimentos. Descubrieron que la conexión disminuye con la distancia más lentamente de lo esperado. Esto significa que los peces reaccionan al grupo lejano no como individuos aislados, sino como al movimiento promedio de todo el banco. En distancias cortas importan los detalles; en las largas, el ritmo general. Este resultado ayuda a entender cómo los grupos de animales permanecen conectados incluso cuando hay una brecha física entre ellos.
Los neones negros (Hyphessobrycon herbertaxelrodi) tienen una longitud corporal media de solo 2.5 cm, pero en el experimento sus cardúmenes se sincronizaron a distancias de hasta 40 cm, lo que equivale a 16 veces la longitud de un pez individual.