Los archivos familiares de los Países Bajos conservan registros de matrimonios desde 1600. De esos registros, como de un viejo libro de contabilidad, se pueden extraer dos columnas: cuántos hijos tuvo una persona y cuántos años vivió. Los biólogos evolutivos llevan medio siglo discutiendo si esas columnas están relacionadas entre sí. Según una teoría, la vida se parece a una balanza de dos platillos: pon descendencia en uno de los platillos y el otro, el de la longevidad, subirá, porque los recursos del cuerpo no son elásticos.
Un nuevo estudio puso a prueba esta idea con casi trescientas mil personas neerlandesas nacidas entre 1850 y 1915. Los científicos compararon a parientes para separar la influencia de los genes de la del entorno. Resultó que los genes responsables del número de hijos apenas se solapan con los genes responsables de la duración de la vida. En las mujeres la relación es débilmente negativa; en los hombres, no existe en absoluto.
En cambio, otra relación resultó sólida: la edad al primer parto. Las personas cuyos genes predispongan a una paternidad tardía vivían más. Esta relación se observa en ambos sexos y no depende de cuántos hijos se tuvieran en total. Al parecer, la clave no está en que los partos tempranos agoten el cuerpo, sino en que unos mismos genes gobiernan tanto el ritmo de la vida como su duración total.
La balanza de la que hablaba la vieja teoría no resultó tan sensible. Las pesas de la herencia en el platillo de la descendencia apenas mueven el platillo de la longevidad. Pero si una persona tiende por naturaleza a retrasar la parentalidad, quizá su reloj interno marche más despacio. Esto no refuta la lógica evolutiva, pero obliga a buscar mecanismos más sutiles que el simple reparto de recursos.
Los datos sobre personas nacidas en el siglo XIX nos devuelven a la misma pregunta con la que empezaron los archivos familiares: ¿cuánto cuesta un hijo? La respuesta que dan los genes suena inesperada: casi nada, si se mide en años de vida. Lo importante no es la cantidad de hijos, sino la edad a la que una persona se convierte en progenitor por primera vez. Esa edad, como la aguja de un reloj, señala el ritmo general de la vida marcado por la herencia.
En la población estudiada, la heredabilidad del número de hijos en los hombres fue 2.5 veces mayor que en las mujeres, lo que podría reflejar una mayor influencia de las cualidades heredadas del hombre (por ejemplo, recursos o estatus social) en su éxito reproductivo.
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