El océano respira, y en esa respiración, como en un columpio, se mecen los huracanes. En el Atlántico Norte hay un ritmo lento: el agua se calienta y se enfría, y cada uno de esos periodos dura entre veinte y treinta años. Cuando el agua está cálida, nacen más huracanes. Un científico calculó que en las décadas cálidas hubo en promedio 22,5 huracanes, mientras que en las frías fueron 17. El agua cálida es como combustible para la tormenta: le da más energía.
Pero la fuerza de la tormenta es solo la mitad del problema. También importa hacia dónde se dirige. Cuando el Pacífico entra en fase fría (La Niña) y el Atlántico sigue cálido, los huracanes tocan tierra con más frecuencia. En esas temporadas, el viento dentro de los huracanes fue más intenso: hasta 165 y 170 nudos, mientras que con la fase cálida del Pacífico llegaba a 155 nudos. Es la diferencia entre techos arrancados y casas derribadas.
La temperatura del agua en el Atlántico está subiendo más rápido de lo que predecían los modelos. En 2023, el agua estaba tan cálida como los modelos esperaban recién para 2040. Eso significa que el columpio se está meciendo con más fuerza, y el próximo periodo cálido podría traer huracanes como no hemos visto. Entre 2020 y 2023, cinco huracanes importantes azotaron Estados Unidos, mientras que en todo el periodo anterior fueron tres. Ahora los meteorólogos saben cómo se combinan los dos ritmos oceánicos y pueden advertir mejor sobre el peligro.
Entre 2020 y 2023, cinco huracanes importantes de categoría 3 o superior azotaron Estados Unidos, mientras que en todo el periodo decadal anterior fueron tres.
En la novela de Kim Stanley Robinson 'Cuarenta señales de lluvia', los climatólogos intentan predecir cambios bruscos en las corrientes oceánicas y su impacto en el clima; la trama resuena con los intentos de vincular las oscilaciones lentas del océano con la actividad de los huracanes.