Una célula no se limita a reposar sobre una superficie: la palpa, la estira y la empuja. Hasta ahora, los instrumentos solo detectaban fuerzas directas: cuánto presiona o estira la célula su soporte. Pero si tomas una célula por los "hombros" y la giras ligeramente, ella responde retorciéndose, y ese giro, hasta hace poco, nadie lo había medido.
Los científicos han ideado un microscopio que ve la rotación. Sobre el sustrato se alzan diminutos pilares, y dentro de cada uno hay una mota de diamante del tamaño de la milésima parte de un cabello. Cuando la célula hace girar el pilar, la mota se inclina y, según cómo cambia su brillo, se puede calcular con qué ángulo y con qué fuerza ha ocurrido. La precisión es de un grado y medio, y la fuerza, de tres millonésimas de la milmillonésima parte de un newton-metro: como si notaras que una hormiga ha girado una cerilla sujeta en un tornillo de banco.
Antes se pensaba que la célula transmitía la fuerza sobre todo de forma rectilínea: tirando o empujando. Los nuevos datos muestran que cada tipo de célula tiene su propia "firma mecánica". Unas funcionan como una oruga: avanzan agarrándose y contrayéndose. Otras, como una llave en una cerradura: giran para fijarse o transmitir una señal. Esa firma depende de cómo se ha adherido la célula a la superficie y de la tarea que desempeña.
Ahora que se puede medir la rotación, se abre el camino a nuevos métodos de diagnóstico. Si una célula de un tejido enfermo retuerce el soporte de manera distinta a una sana, se puede detectar. Y eso significa reconocer la enfermedad antes y ajustar mejor el tratamiento.
La sensibilidad del nuevo método es tal que detecta un esfuerzo rotacional de 3,13×10⁻¹⁵ N·m, aproximadamente como si notaras el giro de una cerilla producido por una hormiga.