En una habitación oscura se puede notar un débil resplandor azul alrededor de algunas fuentes de radiación. Es la luz de Cherenkov: aparece cuando una partícula cargada atraviesa un medio más rápido de lo que la luz se propaga en él. Se forma una onda de choque luminosa, parecida al estampido sónico de un avión supersónico, pero hecha de fotones.
En el nuevo trabajo, los científicos usaron este efecto para identificar electrones. Montaron un detector con muchas celdillas de silicio: fotodiodos de avalancha capaces de contar fotones individuales. Cuando un electrón atravesaba el aire y producía un destello de luz de Cherenkov, el detector capturaba los fotones y, según su número, reconstruía las propiedades de la partícula.
Las pruebas se hicieron con un haz de partículas en el CERN, donde junto a los electrones viajaban otras partículas: piones y otros hadrones. Resultó que, gracias a la luz de Cherenkov, los electrones se distinguen con mucha claridad: se pueden separar de las partículas de fondo con gran fiabilidad en un amplio rango de momentos. Un sencillo modelo informático reprodujo los resultados, lo que significa que el método se puede aplicar con confianza en futuros experimentos.
Un detector así podría convertirse en un sustituto barato y compacto de los voluminosos sistemas de identificación de partículas. En lugar de toneladas de hierro y gas, unas pocas placas de silicio que cuentan fotones. Y la próxima vez que un electrón atraviese el aire, lo delatará un breve destello azul.
El resplandor de Cherenkov se puede ver a simple vista en las piscinas de combustible nuclear gastado: el agua brilla en azul.
En la novela 'Solaris' de Stanisław Lem, el océano del planeta emite un resplandor misterioso, algo parecido a la luz de Cherenkov, aunque su naturaleza es completamente distinta.