El sonido no solo se oye, también empuja. Un vórtice ultrasónico es una onda de sonido retorcida como un embudo dentro de una caracola: en el centro hay silencio, y en los bordes, una presión que gira. Ese embudo puede atrapar partículas pequeñas y transportarlas sin tocarlas con las manos. Pero si entre la fuente de sonido y el objetivo hay un hueso, el vórtice se rompe: el hueso refracta las ondas de manera desigual, como las ondas en el agua se rompen contra una piedra.
Los científicos encontraron la manera de hacer pasar un embudo de sonido a través del cráneo humano. Imprimieron en 3D una placa delgada —de solo ocho décimas del grosor de la longitud de onda— cubierta de escalones microscópicos. Cada escalón retrasa parte de la onda exactamente lo necesario para que, tras atravesar el hueso, todos los fragmentos de sonido se unan formando un embudo uniforme. La placa funciona como una lente inteligente que corrige las distorsiones del hueso y, a la vez, enrolla el sonido.
Ese embudo de sonido podría atrapar coágulos y moverlos sin cortar el tejido. O mantener partículas de medicamento en el lugar adecuado hasta que actúen. La placa es barata de imprimir, y controlar la frecuencia es una tarea técnica sencilla. Es un paso hacia herramientas que trabajan dentro del cuerpo sin bisturí.
El grosor de la placa es de menos de un milímetro para el ultrasonido médico típico, y su patrón recuerda a una diminuta escalera tallada con láser.