En la fría nube TMC-1, donde la temperatura desciende hasta nueve grados por encima del cero absoluto, el radiotelescopio QUIJOTE ha captado un débil "canto": 22 líneas de emisión de la molécula ciclopenta[c,d]indeno. Se trata de un patrón plano de once átomos de carbono, similar a un fragmento de hollín: dos hexágonos fusionados con un pentágono, con átomos de hidrógeno colgando de los bordes.
Estas moléculas se denominan aromáticas, no por su olor, sino por la robustez de su esqueleto de carbono. En la nube TMC-1 ya se habían encontrado otras, pero esta es la más rara de todas: su abundancia es 2,66 veces menor que la del indeno y 4,66 veces menor que la del fenoaleno. Los científicos creen que el ciclopenta[c,d]indeno se forma cuando pequeños fragmentos de hidrocarburos, como C2H o C2H3, se adhieren al indeno. Es como armar un rompecabezas: primero anillos pequeños, luego se les van uniendo nuevas piezas.
¿Por qué es importante? En las nubes oscuras donde nacen estrellas y planetas, el carbono se va ensamblando gradualmente en moléculas complejas. El hallazgo demuestra que esta construcción ocurre incluso en el frío profundo. Quizás así surgieron las primeras moléculas orgánicas de las que más tarde se formó la vida. Ahora los químicos tienen un nuevo enigma que resolver: cómo, en el frío del espacio, a partir de fragmentos simples se forman patrones tan elaborados.
El ciclopenta[c,d]indeno es una lámina plana de grafito de menos de un nanómetro: si esa lámina tuviera el tamaño de una palma de la mano, su espesor sería cien mil veces menor que un cabello humano.