Diez microsegundos después del Big Bang, el universo parecía una olla de caldo hirviendo. En ella flotaban quarks y gluones, las partículas de las que luego se formarían protones y neutrones. El caldo se enfriaba y, en cierto momento, los quarks se agruparon en grumos: esos mismos protones y neutrones que componen toda la materia visible.
Esta transición es como el endurecimiento de la cera fundida en una vela. Solo que en lugar de cera hay plasma de quarks y gluones, y en lugar de vela, todo el universo observable. Los científicos han aprendido a reproducir este momento en aceleradores, haciendo chocar núcleos pesados a enormes velocidades. Por un instante nace una diminuta gota de ese plasma primordial, y se puede observar cómo se enfría y se solidifica.
En cuarenta años de experimentos se han acumulado muchos datos. Las nuevas mediciones muestran cómo nacen las partículas y cómo cambian sus cantidades de una colisión a otra. Estas fluctuaciones son como el temblor de la cera que se solidifica, que permite inferir su composición. Al comparar las mediciones con los cálculos, los físicos afinan el mapa de la interacción fuerte: ese pegamento que mantiene unidos a los quarks.
En el futuro habrá nuevos aceleradores y nuevas colisiones. Ayudarán a entender cómo el caldo de quarks se convirtió en la materia de la que están hechas las estrellas, los planetas y nosotros mismos. Esa olla de caldo sigue cociéndose, ahora en laboratorios de todo el mundo.
En los primeros microsegundos después del Big Bang, todo el universo observable tenía el tamaño de una ciudad pequeña, pero pesaba como todas las galaxias juntas.
En la novela de Greg Egan «La escalera de Schild» se exploran estados exóticos de la materia que recuerdan al plasma de quarks y gluones.