La molécula de pentaceno se parece a una diminuta peonza que puede girar en dos direcciones. Normalmente, para cambiar la dirección se necesita un imán. Pero en este trabajo no hizo falta imán: en su lugar se usó sonido.
Se colocó una fina película de pentaceno sobre una placa de niobato de litio. Por la placa se hacía pasar una onda acústica superficial, como las ondas en el agua, pero en un sólido. La onda sacudía mecánicamente las moléculas y cambiaba su estado de espín. Funcionaba a temperatura ambiente, sin campo magnético externo.
La espectroscopía ayudó a ver que el espín realmente cambiaba. Los científicos observaron oscilaciones de Rabi, oscilaciones entre dos estados, como un péndulo que se balancea de un lado a otro. Cuanto más intenso era el sonido, más rápido se balanceaba el "péndulo".
Esta forma de controlar el espín sin imán podría ser útil en futuros dispositivos donde importen el tamaño pequeño y el bajo consumo de energía. El sonido resultó ser una herramienta tan precisa como el campo magnético.
Las ondas acústicas superficiales se utilizan en las pantallas táctiles de los teléfonos inteligentes: se propagan por la superficie del vidrio y reaccionan al tacto.