Las primeras estrellas se encendieron a partir de nubes que no contenían nada más que hidrógeno y helio. Los elementos pesados —carbono, oxígeno, hierro— aparecieron más tarde, en el interior de las estrellas. Pero entre esos primogénitos podría haber habido estrellas ligeras, con una masa apenas menor que la del Sol. Estas viven muchísimo tiempo, miles de millones de años, y podrían haber llegado hasta nuestros días.
Los astrofísicos construyeron modelos computacionales de cómo cambian estas estrellas con la edad. Variaron cuánta materia pierde la estrella y cómo se mezclan sus capas. Descubrieron que, al final de su vida, la estrella puede desprenderse de su envoltura externa y quedar como una enana blanca del tamaño de la Tierra, pero con la mitad de la masa del Sol.
Estas enanas blancas podrían buscarse en los confines de la Vía Láctea. Si se encuentra al menos una, sería una prueba directa de que las primeras estrellas no fueron todas gigantes. Es como hallar en una ciudad moderna una casa construida con piedras de miles de millones de años.
Los modelos también mostraron que, durante los destellos, la estrella emite neutrinos, partículas escurridizas que casi no interactúan con la materia. Futuros detectores podrían captar esa señal. Entonces conoceríamos el nacimiento de las primeras estrellas no por su luz, sino por esos "fantasmas".
Una enana blanca es una estrella comprimida hasta el tamaño de la Tierra: una cucharadita de su materia pesaría como un camión.