Una persona mira una pantalla donde parpadean letras. No mueve ni la mano ni el ojo: solo marca mentalmente el símbolo deseado. Unos sensores en la cabeza captan las débiles ondas eléctricas del cerebro, y la computadora entiende qué letra ha elegido la persona. Así funciona la interfaz cerebro-computadora: da voz a quienes no pueden hablar ni moverse.
Antes, la máquina examinaba cada sensor por separado, como si escuchara una orquesta grabando solo un violín y sin notar que al lado suena un violonchelo. El nuevo modelo vincula los sensores por pares, como un director que oye cómo se responden los instrumentos. Él mismo decide qué pares de señales son importantes en cada fracción de segundo y descarta el ruido superfluo.
La mejora es especialmente notable en las personas que no beben alcohol: su precisión aumentó un 18 por ciento. Por qué ocurre así sigue siendo un misterio, pero el modelo se adapta a cada persona como un traje a medida. Es un paso hacia que la escritura mental sea rápida y fiable para todos.
La palabra "alcohol" en el estudio no se refiere a la bebida en sí, sino a que en algunas personas, tras su consumo, cambian los patrones eléctricos del cerebro y los algoritmos estándar los reconocen peor. El nuevo modelo, que tiene en cuenta las conexiones por pares, resultó más resistente a estos cambios.
En la serie "Black Mirror", las personas controlan la tecnología con el pensamiento; este trabajo acerca ese escenario, pero para la asistencia médica, no para el entretenimiento.