Los músculos se contraen gracias a dos filamentos proteicos: las finas cadenas de actina (de carbono) y los gruesos motores de miosina. En reposo, una proteína de seguridad bloquea los sitios de acoplamiento en la actina. La señal nerviosa libera calcio, que retira la proteína de seguridad, abriendo paso a los motores. Pero el inicio no es aislado: el primer motor que se une tira del filamento y, como un imán volteado, hace que las regiones vecinas se activen.
Los físicos lo describieron con un modelo de cadena de imanes: basta con que uno se voltee para que los vecinos lo sigan, y esta cascada está relacionada con el cambio de entropía del sistema.
El fármaco Omecamtiv mecarbil interrumpe este diálogo magnético: los vecinos dejan de sentirse unos a otros y la contracción se debilita. Todo ocurre en el entorno acuoso de la célula.
Un gramo de tejido muscular puede generar una fuerza de hasta 30 newtons, lo que equivale aproximadamente a sostener una mancuerna de tres kilogramos con un solo dedo. Esto es el resultado del trabajo sincronizado de millones de motores moleculares.
Las historias de ciencia ficción sobre músculos artificiales hechos de nanotubos de carbono se acercan un poco más a la realidad gracias a estos modelos.