Cuando dos núcleos de plomo chocan a gran velocidad, por un instante nace una nube de materia incandescente: más densa y caliente que el centro del Sol. A través de esa nube vuelan chorros de partículas: haces estrechos, como rayos láser, arrancados por el impacto. El detector CMS captura sus huellas y muestra cómo los chorros se transforman al abrirse paso a través de la 'niebla' ardiente.
Los científicos midieron cuán ampliamente se dispersan las partículas del chorro en dos direcciones: a lo largo del eje del haz y transversalmente. Descubrieron que en colisiones más frontales, cuando los núcleos se superponen más, el chorro se difumina más, y más a lo largo del eje del haz que transversalmente. Un haz de linterna que atraviesa un humo denso se expande en una mancha alargada: así ocurre aquí.
Este comportamiento de los chorros es una evidencia directa de que pierden energía al empujar la materia caliente. La comparación con las colisiones de protones, donde no hay materia caliente, confirma que la difusión se debe precisamente a la interacción con la nube, y no a las propiedades de los propios chorros.
La temperatura de la materia que nace en la colisión de núcleos de plomo es 100 000 veces mayor que la del núcleo solar: unos 5 billones de grados Celsius.
En la novela 'Un fuego sobre el abismo' de Vernor Vinge, una nube caliente de plasma impide que las naves la atraviesen, como los chorros en la niebla de plomo.