Bajo las calles de las ciudades se extiende una telaraña de fibra óptica: cientos de kilómetros de hilos de vidrio por los que viaja internet. Pero los mapas precisos de esa telaraña a menudo se han perdido o están desactualizados. Encontrar un cable bajo tierra es como buscar a tientas un cable en la pared sin saber por dónde pasa.
El nuevo método convierte el propio cable en un oído. La fibra óptica que ya está enterrada capta las mínimas vibraciones del suelo. Cuando un coche circula por la calle, la tierra bajo sus ruedas se hunde ligeramente, y el cable percibe esa deformación. Los científicos toman datos desde un extremo de la fibra y observan cómo varía la tensión en cada punto. Al mismo tiempo, siguen a los coches mediante cámaras o sensores GPS instalados en los propios vehículos. Entonces entra en acción un algoritmo: busca la forma del cable que mejor haga coincidir las vibraciones predichas con las reales.
El método ya se ha probado en simulaciones y en instalaciones reales. No requiere levantar el asfalto ni cavar zanjas: basta con el tráfico normal y el acceso a un extremo de la fibra. Este enfoque podría convertirse en una herramienta estándar para el inventario de las conducciones subterráneas e incluso para la monitorización del entorno urbano: a través de las vibraciones se puede deducir la congestión de las carreteras o el estado del terreno.
La fibra óptica, que normalmente transmite datos, aquí funciona como un micrófono gigante: capta las vibraciones de cada coche que pasa, incluso si se encuentra a decenas de metros del cable.