Entre 2016 y 2018, en el Gran Colisionador de Hadrones del CERN, los protones chocaron con una energía de 13 teraelectronvoltios, como si dos guisantes se aceleraran hasta velocidades en las que su impacto engendra un enjambre de nuevas partículas. Entre ese enjambre, los físicos buscaban a los invitados más exóticos: agujeros negros microscópicos, ovillos de cuerdas y esfalerones electrodébiles. Ninguno apareció, pero la búsqueda en sí fue la más minuciosa de la historia.
Para no perder ninguna señal, los investigadores aplicaron dos nuevos enfoques. El primer método se basa en la forma de la distribución de la suma de los momentos transversales de todas las partículas en un evento, que permanece invariable sin importar qué partículas hayan nacido. El segundo método clasifica los eventos según la cercanía de sus características, como se ordenan las fotografías por similitud, destacando colisiones inusuales. Esto permitió establecer que los agujeros negros más ligeros que 8,4–11,4 teraelectronvoltios (aproximadamente 9000 veces más pesados que un protón) no existen con una probabilidad del 95%. Y la fracción de interacciones quark-quark por encima del umbral del esfalerón electrodébil no supera el 0,0034.
Este resultado no decepciona, sino que precisa los límites de lo posible. Cada objeto no encontrado es un ladrillo en el muro que separa las leyes físicas comprobadas de las hipótesis audaces. El colisionador, como un tamiz gigante, criba la realidad, y lo que no atraviesa las mallas queda solo en la imaginación de los teóricos.
Un agujero negro microscópico, si naciera en el colisionador, se evaporaría en fracciones de segundo debido a la radiación de Hawking, antes incluso de tener tiempo de absorber un solo átomo del detector.
En la serie 'Stargate SG-1', los agujeros negros microscópicos se usaban como armas capaces de destruir un planeta entero; los físicos del LHC comprueban si tales objetos son posibles en principio.