Un globo se infla cada vez más rápido. Primero se estira suavemente, pero en cierto momento la bomba falla: la velocidad disminuye y luego vuelve a aumentar. Durante ese breve respiro, en la goma aparecen diminutas burbujas. Al seguir inflando, se convierten en nudos densos.
Algo parecido le ocurrió al propio universo justo después del Big Bang. Su expansión, llamada inflación (un inflado ultrarrápido en las primeras fracciones de segundo), en algunos modelos se ralentiza por un instante fugaz: los científicos lo llaman fase de rodadura superlenta. En ese momento, las fluctuaciones cuánticas, que normalmente quedan como ondas en escalas grandes, alcanzan a crecer hasta convertirse en grumos densos. Más tarde, cuando el universo se enfría, esos grumos pueden colapsar en agujeros negros primordiales: objetos del tamaño de un átomo pero con la masa de una montaña.
Los autores del nuevo trabajo probaron este escenario no en la gravedad einsteiniana ordinaria, sino en su versión extendida: la teoría teleparalela. Si en la imagen habitual la gravedad surge de la curvatura del espacio, aquí surge de su torsión (en términos simples, de cómo se "deforman" las pequeñas superficies al ser transportadas). Esta modificación añade pequeñas correcciones al ritmo de expansión y a las propiedades de las ondas gravitacionales, que podrían buscarse en futuras observaciones.
El resultado principal: en ambas variantes de la teoría estudiadas, la fase de ralentización realmente genera muchos agujeros negros pequeños. Su masa y cantidad dependen del parámetro de torsión. Esto significa que los futuros telescopios que detecten ondas gravitacionales de fusiones de agujeros negros podrán no solo encontrar tales objetos, sino también vislumbrar la estructura de la gravedad en las escalas más grandes.
Si los agujeros negros primordiales constituyen al menos el 1% de la materia oscura, en el volumen del sistema solar debería haber varias decenas de ellos, pero son tan pequeños que atraviesan los planetas sin tocar un solo átomo.
En la novela «Los pilares de la creación» de Terry Goodkind, los agujeros negros primordiales sirven como fuente de energía para una civilización antigua: diminutos pero letales, flotan en el vacío como minas invisibles.