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Un nuevo análisis de datos del futuro telescopio Euclid permitirá asomarse a los primeros instantes tras el Big Bang.
El universo nació en el Big Bang y de inmediato experimentó una expansión ultrarrápida llamada inflación. Las vibraciones cuánticas quedaron impresas en el tejido del espacio, como las ondas en el agua al lanzar una piedra. Estas ondas se convirtieron en las semillas de las galaxias. Normalmente las ondas son aleatorias, pero si la inflación fue compleja, las crestas son un poco más altas en algunos puntos y la forma no es un círculo perfecto. Detectar ese sesgo es como leer la historia de los primeros instantes.
El telescopio europeo Euclid podrá comprobarlo. En un modelo, los científicos combinaron dos enfoques: uno mide la altura general de las ondas y el otro capta patrones triangulares entre crestas vecinas. Juntos reducen el ruido y duplican la precisión. La señal más nítida la proporcionan galaxias lejanas con la mitad de la edad del universo. Para no equivocarse, los datos de las galaxias se correlacionaron con un mapa de materia oscura, el andamio invisible del cosmos. Así se podrá distinguir si la inflación fue simple o multifactorial, casi como descifrar si una sola piedra provocó las ondas o fueron varias.
Si las ondas cósmicas fueran perfectamente simétricas, el universo habría permanecido monótono, como el ruido blanco de los auriculares, y nunca se habrían formado estructuras complejas.
En «Contacto» de Carl Sagan, un mensaje se oculta en el zumbido del fondo cósmico de microondas. Los astrofísicos que trabajan con Euclid también buscan una señal oculta en las ondas cósmicas, pero su autor no es una inteligencia extraterrestre, sino las leyes cuánticas del universo primitivo.