El nacimiento de una luna es un accidente cósmico. Dos planetas jóvenes chocan y una nube de escombros incandescentes gira alrededor del mundo superviviente. De ese disco, como de arcilla en un torno de alfarero, con el tiempo se forma un satélite. Así apareció probablemente nuestra Luna. Pero, ¿y si el torno de alfarero es sacudido por la propia estrella?
Los astrónomos estudiaron exactamente este escenario. Simularon colisiones gigantes entre planetas rocosos, pero no en el vacío, sino en el abrazo cercano de la estrella, en órbitas con períodos de 1 a 300 días. En tales condiciones entran en juego las fuerzas de marea y las fuerzas de Coriolis (el efecto de la rotación del sistema). El resultado fue contundente: para planetas con períodos menores de 10 días, la estrella actúa como un implacable barrendero. Con un período ultracorto de 1 día, el disco no sobrevive en absoluto: los escombros simplemente son arrastrados. Con 10 días, solo queda un disco raquítico y recortado, del que la luna no tiene de dónde formarse.
Este descubrimiento redibuja el mapa de la búsqueda de exolunas. Resulta que los planetas más comunes (las súper-Tierras calientes en órbitas cortas) probablemente no tienen satélites masivos. La estrella simplemente no permite que nazcan. El silencio en la caza de exolunas recibe una explicación simple y elegante: las buscábamos donde no pueden sobrevivir.
Las fuerzas de Coriolis, que impiden el nacimiento de lunas alrededor de estrellas lejanas, son las mismas que hacen girar los ciclones en la Tierra.
En la novela 'Solaris' de Stanisław Lem, el océano-planeta corrige su propia órbita, como compensando las mareas destructivas de una estrella doble.