Echa un cubito de hielo en un vaso de agua: en un minuto se derrite y la temperatura se iguala. Así funciona el equilibrio térmico: la energía se distribuye uniformemente y el sistema «olvida» su pasado. En el mundo cuántico esto se conoce como la hipótesis del manto térmico (ETH, por sus siglas en inglés): la idea de que cada partícula dentro de un sistema grande acaba comportándose como si tuviera temperatura.
Pero hay partículas ermitañas que se niegan a calentarse. Conservan la memoria de su estado inicial y no se mezclan con las vecinas. ¿Cómo distinguir unas de otras? El físico Nikolai Shakura y sus colegas han ideado un método ingenioso: «empujan» suavemente la partícula con una perturbación aleatoria, como si soplaran ligeramente sobre ella, y observan a qué velocidad cambia. La velocidad se mide para trozos de distintos tamaños, desde diminutos hasta la mitad de todo el sistema.
Esta prueba se ha ensayado en cuatro tipos de sistemas cuánticos: caóticos (donde todo se mezcla rápidamente), ordenados (donde las partículas siguen reglas estrictas), atascados en el desorden (donde la energía queda atrapada en su lugar) y sistemas con estados «prohibidos» poco frecuentes (donde algunas partículas parecen protegidas del calor). En todos los casos, el método distingue sin error las partículas térmicas de las no térmicas.
La utilidad práctica es que ya no hace falta construir modelos térmicos complejos ni esperar a que el sistema alcance el equilibrio. Basta un empujón y una observación de un segundo para saber con quién se trata. Es como conocer el carácter de una persona no por largas conversaciones, sino por cómo reacciona ante un golpe inesperado en la puerta.
La letra S en la gráfica aparece porque en el centro del sistema la «fricción» entre las partes es máxima, como cuando remueves azúcar en el té: en el centro, la cuchara encuentra más resistencia.