El sonido de alta frecuencia, enfocado en un solo punto, actúa como una lente invisible que concentra la luz del sol. Dentro del tumor, esa lente genera en un segundo una temperatura de unos 72°C — como el agua caliente del grifo, pero dentro del tejido vivo. Mientras tanto, las células sanas de alrededor permanecen casi intactas.
El truco principal está en la forma de la onda. Una onda plana normal calienta todo a su paso, como una plancha presionada contra el tejido. Pero una onda esférica que converge en un punto funciona como una lupa: apenas calienta en el camino, pero en el foco la temperatura se dispara hasta 90°C. El límite entre el tumor cocido y el tejido vivo es tan nítido como la marca de un cortador de galletas.
Un segundo después del pulso, el calor comienza a disiparse, y a los pocos segundos la temperatura en el borde baja de 60°C — el umbral a partir del cual las proteínas de las células se desnaturalizan de forma irreversible. Por eso los médicos pueden estar seguros: el tumor está destruido y los órganos vecinos están intactos.
A 60°C, las proteínas de las células se desnaturalizan como la clara de huevo en la sartén. Por eso, un tumor calentado a 72°C se puede considerar "cocido": las células mueren de forma irreversible.