Una cámara observa la cara y las manos de una persona, y gracias a cambios casi imperceptibles en la temperatura de la piel comprende que está pasando un mal momento. El calor del cuerpo es como tinta invisible que se revela bajo estrés. La sangre afluye a unas zonas y se retira de otras, y cada persona tiene su propio patrón. El reto es encontrar, en ese mapa térmico, los puntos y los segundos que delatan la ansiedad.
Los autores crearon el sistema FABLE-Therm. Toma varias redes neuronales ya entrenadas que analizan distintas partes del cuerpo y combina sus resultados no al final, sino en una etapa temprana. Así se conservan los detalles: qué zona de la piel se calentó y en qué momento. Es como cuando varios testigos describen un mismo suceso: si cada uno cuenta su parte, el panorama es más completo que si simplemente se promedian sus palabras. En pruebas con personas con dependencia de opioides, el sistema alcanzó una precisión de 0.938 en la escala AUROC (cuanto más cerca de 1, mejor).
Pero la precisión no lo es todo. Los científicos notaron que el modelo funciona peor en algunos grupos de personas. Analizaron por qué: parte de la diferencia se puede reducir añadiendo más datos de aquellos a quienes el sistema aún no comprende bien. Pero queda una brecha simplemente porque las personas son distintas. Es como si un termómetro midiera mejor la temperatura en personas de cierta complexión. Entender esta diferencia ayuda a construir sistemas más justos que no fallen con una persona concreta.
La temperatura de la piel del rostro puede variar fracciones de grado durante la excitación emocional, algo que las cámaras termográficas sensibles pueden captar.
En la serie «Almost Human», los androides policías leen las firmas térmicas para comprender las emociones humanas.