La luz incide sobre una célula solar y, en su interior, nacen cargas que están 'calientes'. Como una persona después de correr, llevan un exceso de energía. Para entregar corriente al circuito externo, necesitan enfriarse y llegar hasta los bordes del cristal. Si el enfriamiento se demora, parte de la energía se pierde en vano.
Los científicos construyeron tres células solares idénticas, pero con distintos 'rellenos' de perovskita: una a base de metilamonio, otra con una mezcla de metilamonio y formamidinio, y una tercera de formamidinio puro. Iluminaron las células con pulsos cortos y observaron con qué rapidez las cargas 'resbalan' desde los escalones energéticos altos hasta los bajos, justo donde pueden ser recogidas por el cable.
Resultó que la velocidad de ese 'deslizamiento' depende mucho de la composición. Las cargas se enfrían más rápido en la perovskita con formamidinio, más lento en la mezcla, y bastante pausado en la de metilamonio. La diferencia no es de órdenes de magnitud, pero sí notable e importante para los ingenieros.
Así que incluso un pequeño cambio de un componente en el cristal de perovskita puede alterar todo el recorrido de la energía. Es como elegir el lubricante adecuado para un mecanismo: las piezas son las mismas, pero las pérdidas son menores. Ahora los desarrolladores de células solares tienen una herramienta para ajustar la composición de la perovskita a tareas concretas, por ejemplo, para ventanas que generan corriente o para paneles ligeros en tejados.
La perovskita debe su nombre al mineralogista ruso Lev Perovski, pero en las células solares no se usa el mineral natural, sino su análogo sintético.