Un detector de luz normalmente se parece a una regla: cuanta más energía llega, más alta es la marca. Pero si lo balanceas con más fuerza, deja de ser una regla. El pulso puede estirarse, cambiar de forma y, con suficiente energía, saltar a un nuevo estado estable, como un columpio que da la vuelta por el punto más alto.
Ahora el detector puede funcionar como un interruptor: ignora los empujones débiles, pero ante uno fuerte se voltea y se queda en la nueva posición. Este modo ayuda a captar fotones individuales en medio del ruido y a buscar eventos raros.
Cuando se enclava, el detector sigue siendo sensible a nuevos pulsos, pero su ruido disminuye notablemente: el sistema se "calma" en la nueva rama.