En la habitación oscura del escáner, una persona observa atentamente unos destellos esporádicos en la pantalla. Una cámara infrarroja graba su pupila mil veces por segundo, mientras la máquina de resonancia magnética registra qué zonas del cerebro se activan. Así, 89 voluntarios de entre 19 y 78 años ayudaron a los científicos a ver cómo la pupila se convierte en una pantalla donde el cerebro proyecta dos señales distintas.
La primera señal son los cambios rápidos de la pupila. Cuando alguien detecta un estímulo inesperado, la pupila se dilata de golpe y vuelve de inmediato a su estado anterior. Esos destellos coinciden con la actividad de extensas zonas de la corteza, el cerebelo y el tronco encefálico, donde abundan las terminaciones que liberan noradrenalina. La noradrenalina es una sustancia que el cerebro usa como un botón de «¡atención!»: hace que las neuronas respondan más rápido y ayuda a concentrarse.
La segunda señal es el propio tamaño de la pupila en reposo, una vez descontados los cambios rápidos. Resultó que se relaciona con zonas del cerebro donde hay muchos receptores de opioides y cannabinoides. Estos sistemas funcionan como un regulador de fondo: no se encienden con cada estímulo, sino que ajustan poco a poco el nivel general de excitación, de forma parecida a como el volumen de un altavoz no cambia con cada nota, pero determina con qué fuerza suena toda la música.
Con la edad, la relación entre los cambios rápidos de la pupila y el cerebro se debilita. En los participantes mayores eran menos las zonas del cerebro que se sincronizaban con la pupila, y la coincidencia con el mapa noradrenérgico disminuía. En cambio, la relación entre el tamaño de la pupila y los receptores opioides y cannabinoides se mantenía invariable de los 19 a los 78 años. Esto significa que la pantalla de la pupila no se estropea entera: una parte se apaga y la otra sigue brillando con la misma intensidad.
Antes no estaba claro si la pupila reflejaba la actividad de esa región concreta o la de varios sistemas químicos a la vez, ni si esa relación se mantenía con la edad. Ahora se ve que los cambios rápidos de la pupila son la huella del sistema noradrenérgico, y el tamaño absoluto, la huella del opioide y el cannabinoide. El truco es sencillo: comparar los mapas espaciales de correlación entre la pupila y la actividad cerebral con los mapas de densidad de receptores obtenidos mediante PET.
El beneficio práctico salta a la vista. La pupilometría, es decir, medir la pupila con una cámara, cuesta una miseria comparada con la tomografía. Si el debilitamiento de la relación entre la pupila y el cerebro indica de verdad un declive del sistema noradrenérgico, una prueba así podría convertirse en una alerta temprana del riesgo de alzhéimer. Pero por ahora es solo el primer paso: hacen falta observaciones prolongadas de las mismas personas para comprobar si una señal pupilar que se apaga anticipa de verdad problemas de memoria. Mientras tanto, la pupila sigue siendo una ventana por la que se ve envejecer el cerebro, aunque esa ventana apenas empieza a limpiarse.
El locus coeruleus ocupa de media solo 5 vóxeles con una resolución de 2 mm, lo que lo convierte en uno de los objetos más pequeños que se consigue estudiar con resonancia magnética funcional.
No publicado en arXiv. Aquí están su página, el PDF y la formalización: puede comprobarlo usted mismo, no solo leer nuestro análisis.