En un ratón macho viejo, aproximadamente uno de cada tres folículos pilosos se queda sin nervio. El nervio hace falta para que el pelo se erice cuando hace frío o da miedo. Pero el nervio en sí no ha muerto: su cuerpo está en un ganglio nervioso junto a la columna y sigue vivo. Lo que se retira es solo la larga prolongación, el axón, que llega hasta el folículo piloso. Es como un cable que se ha soltado del enchufe, aunque el enchufe sigue con corriente.
¿Por qué se suelta el cable? Porque la pared junto al enchufe ha dejado de sujetarlo. En la piel, cada pelo tiene un pequeño músculo que lo levanta. Con la edad ese músculo se debilita y deja de producir la proteína NGF, que para el axón es una señal de «quédate aquí». En las hembras viejas hay más de esta proteína, por eso sus nervios se mantienen mejor. Cuando los investigadores devolvieron el NGF al músculo de machos viejos mediante un virus, los nervios volvieron a acercarse a los folículos y el pelo empezó a crecer mejor.
Así que para devolver los nervios a una piel que envejece no hace falta reparar las propias células nerviosas. Basta con reforzar su entorno: devolver al músculo la capacidad de sostener el axón. Entonces el cable vuelve a acercarse al enchufe.
En los ratones macho viejos, alrededor del 35% de los folículos pilosos carecen por completo de nervio simpático, pero las neuronas de los ganglios siguen intactas: como si los cables se desconectaran del enchufe y el enchufe siguiera con corriente.
La idea de una denervación reversible y de restablecer la conexión entre el nervio y el tejido resuena con un motivo de la novela Neuromante, de William Gibson, donde las conexiones neuronales dañadas pueden reprogramarse y restaurarse actuando sobre el entorno.
No publicado en arXiv. Aquí están su página, el PDF y la formalización: puede comprobarlo usted mismo, no solo leer nuestro análisis.