Cuando nos tocamos a nosotros mismos, la piel envía al cerebro dos tipos de mensajes: uno sobre lo que sentimos exactamente (textura, humedad, temperatura) y otro sobre si nos resulta agradable. Con la edad, el primer mensaje se vuelve más silencioso y el segundo, más fuerte. Esto lo descubrieron unos científicos que pidieron a 43 mujeres de distintas edades que se aplicaran crema en la mejilla o el antebrazo y describieran sus sensaciones.
Las mujeres jóvenes distinguían con facilidad hasta qué punto la crema era suave, húmeda o fresca. Las mujeres mayores percibían peor esos detalles, pero decían con más frecuencia que el contacto era agradable y cálido.
Las emociones negativas, en cambio, no cambiaban: a nadie le resultó desagradable.
Antes, los científicos sabían que con la edad disminuye la sensibilidad de la piel, pero no entendían cómo cambia exactamente el equilibrio entre las sensaciones y las emociones. Ahora está claro: las sensaciones sensoriales se debilitan y las emociones positivas se intensifican. Este conocimiento ayudará a crear cremas y productos de cuidado que brinden a las personas mayores más alegría al tocarse, aunque la piel ya no distinga las texturas más sutiles.
En las personas mayores, tocar la propia piel provoca más emociones positivas que en los jóvenes, aunque distinguen peor la textura y la humedad. Es parecido a como, con la edad, empezamos a valorar no los detalles, sino la impresión general.
En la novela «Neuromante», de William Gibson, las sensaciones táctiles se transmiten mediante una simulación en la que el matiz emocional puede importar más que la precisión física. El estudio muestra que, con la edad, el componente emocional del tacto pasa de verdad a un primer plano, lo que conecta con la idea de que la percepción se forma no solo con datos sensoriales, sino también con el estado interno.
No publicado en arXiv. Aquí están su página, el PDF y la formalización: puede comprobarlo usted mismo, no solo leer nuestro análisis.