
En 1924, el físico indio Satyendra Nath Bose envió a Einstein un artículo sobre una nueva estadística para partículas de luz. Einstein comprendió de inmediato la importancia de la idea y la extendió a los átomos, mostrando que, con suficiente enfriamiento, el gas debería «condensarse» en el estado energético más bajo. Pero la realización experimental resultó extremadamente difícil. No fue hasta 1995 cuando Eric Cornell y Carl Wieman obtuvieron el primer condensado a partir de átomos de rubidio, enfriándolos a 170 nanokelvins. Por este descubrimiento, a ellos (junto con Wolfgang Ketterle) se les concedió el Premio Nobel.
Imagina un grupo de músicos afinando sus instrumentos. Mientras hay calor (temperatura ambiente), cada uno toca su propia nota: caos total. Pero al enfriarse, su «respiración» se ralentiza y empiezan a sincronizarse, hasta que suenan al unísono con una sola nota pura. Lo mismo ocurre con los átomos: a temperatura ambiente se mueven a distintas velocidades, pero al enfriarlos a nanokelvins sus ondas cuánticas se dilatan y se superponen, forzando a todas las partículas a ocupar un mismo nivel energético. El condensado se comporta como un solo objeto: incluso se puede «agitar» y hacerlo vibrar como una gota única.