
En 1756, el escocés Joseph Black llamó al CO₂ 'aire fijo', mostrando que se libera de la piedra caliza y es absorbido por los álcalis. Más tarde, Lavoisier lo determinó como un compuesto de carbono y oxígeno. En 1859, el físico irlandés John Tyndall midió la absorción de calor del CO₂, sentando las bases de la teoría del efecto invernadero.
En la hoja de una planta, el CO₂ entra a través de poros microscópicos a las células verdes, donde la luz solar rompe el agua y hace que el dióxido de carbono se convierta en azúcares. Este proceso, la fotosíntesis, alimenta a casi todos los seres vivos. En el océano, el CO₂ se disuelve, pero en exceso acidifica el agua, amenazando corales y conchas, como una leve lluvia ácida que corroe los caparazones calcáreos.