
El honor del descubrimiento del oxígeno lo comparten el farmacéutico sueco Carl Scheele (1771) y el clérigo inglés Joseph Priestley (1774). Sin embargo, la verdadera revolución la hizo el francés Antoine Lavoisier: dio al nuevo gas el nombre de 'oxygène' (formador de ácidos) y demostró que es el oxígeno el que mantiene la combustión y la respiración.
El oxígeno reacciona con los nutrientes como la leña en una fogata: lentamente, sin llama, pero liberando energía. En los pulmones penetra en la sangre y, como en una cinta transportadora, es distribuido por los glóbulos rojos a todos los órganos, donde ayuda a 'quemar' la glucosa, dándonos calor y energía.