Las corrientes oceánicas se entrelazan como una telaraña pegajosa: cada perturbación deja una huella que no se desvanece al instante. Antes, los científicos creían que los empujones aleatorios en esa telaraña se olvidaban de inmediato, pero una nueva investigación muestra que, en la región Niño 3, el ruido se recuerda a sí mismo durante más de dos meses. Esa memoria refuerza el vínculo entre El Niño en el Pacífico y el dipolo del océano Índico.
El método funciona así: se construye un modelo lineal simple en el que la perturbación aleatoria puede tener memoria o no. Luego se ajustan los parámetros para que el modelo reproduzca las correlaciones observadas. Después se calcula el flujo de información entre las variables: este indica quién influye sobre quién. Resulta que el Pacífico estabiliza el dipolo, mientras que el dipolo excita al Pacífico. Tener en cuenta la memoria del ruido hace que estos flujos sean más fuertes, especialmente en la región Niño 3.
La telaraña pegajosa de las conexiones oceánicas resultó ser aún más tenaz de lo que se pensaba: una perturbación que llega al nodo Niño 3 permanece allí más tiempo que el ciclo estacional. La memoria del ruido, como un hilo viscoso, estira la influencia de El Niño sobre el dipolo del océano Índico y viceversa. Ahora los climatólogos pueden ver dónde la telaraña no se rompe, sino que solo se comba ligeramente bajo el peso del azar.
La memoria del ruido en la región Niño 3 supera los dos meses, es decir, una perturbación aleatoria del océano se 'recuerda' a sí misma durante más tiempo que el ciclo estacional promedio.