El traductor escucha la conversación entre el océano y la atmósfera. Antes solo oía una palabra de cada nueve, la temperatura superficial del agua, por lo que traducía con retraso y se confundía en primavera. El nuevo modelo CTEFNet escucha las nueve palabras a la vez: temperatura, contenido de calor, espesor de la capa superior, salinidad, presión, corrientes y viento. Primero, las capas convolucionales captan los susurros locales en cada zona del océano, y luego el transformador las enlaza en una frase larga que abarca meses.
El traductor no solo traduce, sino que también levanta la mano cuando oye una palabra importante. El análisis de gradientes pregunta: si cambiamos ligeramente una palabra, ¿cuánto cambia el pronóstico? Así se descubrió que 11 meses antes del pico de El Niño, en el Pacífico occidental se acumula agua cálida y la capa superior se vuelve más delgada. A los 8 meses, la señal se extiende hacia el este y al océano Índico. El enfriamiento del Atlántico debilita los vientos alisios y empuja el fenómeno. La barrera primaveral, que hacía que los pronósticos fueran peores en esa estación, ahora se ha suavizado: el traductor ya no se queda en silencio. Este mismo método puede aplicarse a otros fenómenos climáticos para comprender mejor el lenguaje del océano y la atmósfera.
El Niño de 1997–1998 fue tan intenso que la temperatura global de la superficie del océano subió 0.2°C por encima de la media decenal, y el nivel del mar en el Pacífico oriental aumentó temporalmente 20 centímetros debido a la expansión térmica del agua.
En la novela de Kim Stanley Robinson 'Los cuarenta signos de lluvia', los climatólogos luchan contra las consecuencias de un cambio repentino en las corrientes oceánicas inducido por el calentamiento; un pronóstico preciso a largo plazo de El Niño podría ser la herramienta que los protagonistas utilizan para prevenir el desastre.