El gas incandescente que fluye desde el Sol no es una corriente uniforme, sino más bien una sopa de partículas cargadas. En esta sopa, las ondas hierven de vez en cuando: los campos eléctricos destellan y se apagan, como las ondas en el agua al lanzar una piedra. Una de estas ondas es la onda acústica ión-ión. Surge cuando dos tipos de iones (átomos que han perdido electrones) se mueven a diferentes velocidades. Resulta algo así como dos flujos opuestos en una autopista: al adelantarse mutuamente, crean remolinos.
Los científicos quieren aprender a capturar estas ondas a partir de los datos de una sola sonda. Para ello, aplicaron el método de correlación campo-partícula: muestra cómo la energía fluye del campo eléctrico a las partículas y viceversa. Un columpio que empujas al compás, y que a su vez te empuja a ti, es una imagen clara. El método permite distinguir estos empujones de un simple temblor. En un modelo computacional que reproduce las condiciones del viento solar, los investigadores encontraron rastros claros de estas ondas en el comportamiento de protones y electrones.
Pero hay un inconveniente: las ondas viven muy poco tiempo. Destellan y desaparecen más rápido de lo que la nave espacial tarda en hacer la siguiente medición. Las sondas actuales, como la Parker Solar Probe, realizan mediciones con demasiada poca frecuencia. Por lo tanto, capturar estas ondas en el espacio real aún no es posible, solo en simulación. Quizás los futuros instrumentos con una captura más rápida puedan escuchar este susurro del viento solar.
El viento solar sopla a una velocidad de 300 a 800 kilómetros por segundo, pero sus partículas están tan dispersas que en un centímetro cúbico hay menos que en el mejor vacío terrestre.
En el relato de Arthur C. Clarke 'El viento solar', las regatas de veleros impulsados por la presión de la luz solar recuerdan cuán sutilmente sentimos los flujos de nuestra estrella.