Hay una porción de la luz que durante mucho tiempo fue un punto ciego: de 5 a 15 terahercios. No son ondas de radio ni calor infrarrojo, sino algo intermedio, donde las moléculas oscilan de manera especialmente característica. Científicos de Alemania han construido un dispositivo que por fin se asoma a esta 'nueva brecha de terahercios' e incluso más allá, hasta más de 25 terahercios.
El secreto está en un cristal de nombre largo: BNA. Cuando un pulso corto de luz infrarroja cercana lo golpea, el cristal responde con un destello en ese rango invisible. Pero para que el destello sea amplio, como un arcoíris, y no estrecho, como un puntero láser, primero estiran y comprimen el pulso. Lo hacen pasar por una fibra de vidrio hueca llena de gas —la luz se 'esparce' un poco en colores— y luego una óptica especial lo comprime hasta 31 femtosegundos. Eso es un millón de veces más corto que el instante entre dos latidos del corazón.
El resultado es que el cristal produce un espectro amplio que se puede usar como una regla: se apunta a una sustancia y se observa qué frecuencias absorbe. Así se sabe de qué moléculas está hecha la muestra. Antes se necesitaban láseres voluminosos y caros; ahora basta con un láser de iterbio común, que ya está en muchos laboratorios.
Es como obtener un reflector potente de una linterna de bolsillo: la fuente de luz sigue siendo la misma, pero ahora ilumina toda una calle, no solo un pequeño círculo bajo los pies.
La radiación de terahercios atraviesa la ropa, el papel y el plástico, pero no el metal ni el agua, por eso se usa en los escáneres de seguridad de los aeropuertos.
En la serie 'Star Trek', el tricorder médico escanea a un paciente en segundos: la espectroscopía de terahercios acerca esa fantasía a la realidad.