Si esparces un puñado de monedas sobre una mesa, la superficie se vuelve abultada. Pero si añades más monedas, estas se extienden por sí solas formando una capa uniforme. Algo parecido ocurre cuando se depositan películas ultrafinas de moléculas individuales sobre un sustrato.
Primero, aparecen islotes en la superficie: las moléculas se agrupan como personas haciendo cola. La película se vuelve cada vez más irregular. Pero en algún momento, los islotes comienzan a fusionarse entre sí y la rugosidad cae bruscamente. La película se alisa por sí sola.
Los científicos probaron este efecto con dos moléculas muy diferentes. Una es el buckminsterfullereno C60, una esfera casi perfecta de 60 átomos de carbono. La otra es HATCN, una molécula plana parecida a un disco. A pesar de sus formas distintas, ambas películas crecieron de la misma manera: primero se volvieron rugosas y luego se alisaron.
Esto significa que el mecanismo es universal. No depende de qué moléculas se depositen ni a qué velocidad. Por lo tanto, se puede calcular de antemano cuándo la película se volverá uniforme y controlar su calidad en la producción.
Este comportamiento de las películas abre el camino para crear nanorecubrimientos con una rugosidad específica, por ejemplo, para pantallas, sensores o paneles solares.
El buckminsterfullereno C60 debe su nombre al arquitecto Buckminster Fuller, cuyas cúpulas geodésicas recuerdan la forma de esta molécula.
En la novela de Arthur C. Clarke 'Las fuentes del paraíso' se describe un ascensor espacial hecho de nanotubos de carbono, parientes cercanos de los fullerenos.