Un ciervo volante del tamaño de una uña se mantiene en el suelo con las patas separadas más allá de su propia altura. Un elefante, alto como una habitación, se yergue sobre la tierra como una torre. ¿Por qué? Ambos animales caminan sobre el mismo suelo, pero lo perciben de manera distinta. Para el escarabajo, cada guijarro es un peñasco; para el elefante, un grano de arena.
Las irregularidades del terreno se asemejan a una línea de costa: cuanto más de cerca se mira, más detalles se aprecian. Para un animal pequeño, el suelo está lleno de baches y hoyos, y para no volcarse necesita una base ancha, como una mesa con las patas separadas. Para un animal grande, el suelo es liso, y le conviene ser alto para dar zancadas largas. Esta regla no depende de cuántas patas tenga el animal ni de su constitución: se cumple tanto para una hormiga como para una jirafa.
Este hallazgo explica por qué, en la evolución, la forma del cuerpo cambió de manera similar en animales muy distintos. No es el parentesco ni el azar, sino la simple física de caminar sobre terreno irregular lo que hizo al elefante alto y al escarabajo ancho.
Una garrapata de 28 miligramos tiene una base más ancha que su altura, mientras que un elefante de 22 toneladas es más alto que ancho. La diferencia de masa entre ambos es de casi mil millones de veces.