Un anillo del tamaño de un plato de comida hizo que un haz de electrones corriera en círculos. Su diámetro es de 22 centímetros y una vuelta completa tarda apenas 4,7 nanosegundos. Para que te hagas una idea: en un segundo, ese electrón daría más de doscientos millones de vueltas.
Para meter las partículas dentro se usó un pulso eléctrico corto de 140 nanosegundos de duración. Funcionó como un empujón brusco que lanza una canica a una canaleta. Un detector de fibras luminosas registró una señal cinco veces más intensa que el ruido y que se mantuvo durante más de un microsegundo. Eso significa que el haz realmente permaneció en órbita y no se dispersó de inmediato.
Cuando se variaba ligeramente el campo magnético que mantenía el haz, la zona donde giraban los electrones se desplazaba. Esto coincidía con los cálculos hechos por ordenador. Esa coincidencia es como una firma que confirma que el almacenamiento del haz funciona de verdad.
Ahora estos anillos en miniatura podrán usarse para mediciones ultraprecisas. Cuanto más compacto es el dispositivo, más fácil es instalarlo en un laboratorio y más rápido alcanzan las partículas su velocidad. Esto abre la puerta a nuevos experimentos en los que cada milmillonésima de segundo cuenta.
En un segundo, un electrón de este anillo recorrería una distancia comparable a la longitud del ecuador terrestre, si pudiera volar en línea recta.