Un material magnético puede compararse con una multitud de pequeñas brújulas. En un imán normal, todas las agujas apuntan en la misma dirección, y girarlas todas a la vez no es tarea fácil. Los físicos han encontrado la manera de hacerlo con una corriente eléctrica. Cuando la corriente atraviesa una fina capa de cromo, crea un flujo de momentos orbitales: es como si cada electrón, además de su carga, llevara también una diminuta rotación alrededor del átomo.
En el nuevo experimento, se colocó una capa de cromo sobre una capa de terbio, un metal de tierras raras cuyos momentos orbitales no están congelados, como ocurre en la mayoría de los imanes. Cuando se hizo pasar corriente a través del cromo, este generó un flujo de momentos orbitales, y ese flujo se transfirió al terbio casi sin pérdidas. Allí comenzó a girar la magnetización, como si una mano invisible tomara las agujas de las brújulas. La eficiencia de este giro resultó ser 3.66 veces mayor que la de los pares habituales de cromo con otros ferromagnetos.
Antes se pensaba que el cromo transfería el momento mal, porque en la mayoría de los imanes los momentos orbitales están "congelados": es difícil moverlos. El terbio resultó ser la excepción: sus momentos orbitales son móviles, y el flujo del cromo encontró un terreno fértil. Los autores llamaron a este efecto orbit-orbit torque: momento de órbita a órbita. Es la primera vez que las corrientes orbitales controlan directamente la magnetización orbital de un material. Este enfoque podría sentar las bases de una nueva electrónica en la que la información se transmita no mediante la carga, sino mediante momentos orbitales.
El terbio se utiliza en fósforos: brilla en verde en pantallas y lámparas fluorescentes.
En la novela "La rosa y el gusano" de Robert Ibatullin, los efectos orbitales se utilizan para controlar los campos magnéticos de las naves.