Un sensor de luz común es como un pozo con una polea: para subir el cubo hay que girar la manivela. Del mismo modo, un fotodetector necesita un voltaje externo para extraer la carga eléctrica. Pero hay materiales que convierten la luz en corriente por sí solos, como un manantial que brota sin bomba. Uno de ellos es el óxido de zinc, conocido por las pinturas blancas y los protectores solares.
La espectroscopía mostró que en la red cristalina del óxido de zinc se lograron insertar iones de europio, que emiten luz roja al ser irradiados. Y la adición de cadmio cambió el comportamiento del material: desapareció la barrera que impedía el paso de la corriente entre las capas. Se obtuvo una unión que solo deja pasar la corriente en una dirección, como una válvula en el corazón o un diodo en una vieja radio de válvulas.
Resultado: el dispositivo produce corriente cuando se ilumina desde el ultravioleta hasta el infrarrojo cercano, y responde en 10 microsegundos. Es más rápido que un relámpago. Estos sensores podrían funcionar durante años sin recargarse, por ejemplo, en detectores de humo o en cámaras de sondas espaciales.
El óxido de zinc es ese polvo blanco que los socorristas se ponían en la nariz en la playa. Ahora capta la luz y la convierte en electricidad.