El protón no es una esfera lisa, sino una maraña de quarks y gluones que se mueven constantemente e intercambian energía. No se puede saber directamente cómo se distribuyen en su interior la energía, la presión y el espín: las mediciones solo proporcionan puntos escasos y ruidosos. Es como intentar adivinar la forma de un rostro a partir de unas pocas fotografías borrosas tomadas desde diferentes ángulos.
Los científicos aplicaron un método que aprende de muchos ejemplos: primero generaron miles de curvas posibles que describen cómo cambian las propiedades del protón cuando las partículas se dispersan. Luego, un algoritmo «ruidoso» transformaba gradualmente líneas aleatorias en curvas plausibles, contrastándolas con los datos reales. Así lograron reconstruir tres características clave del protón —sus «factores de forma gravitacionales»— en todo el rango de energías, incluso cuando solo se disponía de uno o dos puntos de datos.
Las curvas reconstruidas permitieron extraer números importantes, las llamadas constantes de baja energía. Sus valores ayudaron a calcular una magnitud que muestra cómo el protón «se resiste» a la presión externa. Este es un paso hacia la comprensión de dónde surge la masa del protón y cómo está organizada la fuerza fuerte que mantiene unidos a los quarks.
El protón está compuesto en casi un 99% por la energía de interacción de quarks y gluones, y no por la masa de los propios quarks, como si el peso de una persona estuviera determinado principalmente por su tensión interna, y no por su cuerpo.
En la novela «El problema de los tres cuerpos» de Liu Cixin, los extraterrestres manipulan protones desplegándolos en estructuras multidimensionales; reconstruir las propiedades internas del protón podría ser el primer paso hacia tecnologías similares.