Una piedrecita de un asteroide lejano puede recordar el campo magnético que actuó sobre ella hace miles de millones de años. Esas piedrecitas, partículas del asteroide Ryugu, fueron traídas a la Tierra por la sonda japonesa Hayabusa-2. En su interior, como la aguja de un antiguo compás, quedó congelada la dirección del campo magnético de la juventud del sistema solar.
Los científicos tomaron 28 partículas y fueron "borrando" gradualmente su magnetización con un campo magnético alterno, registrando cómo cambiaba. En 23 partículas se hallaron una o dos huellas magnéticas estables, como dos capas de escritura en un viejo diario. En cinco partículas no apareció ninguna huella. La intensidad del campo antiguo, calculada a partir de estas huellas, variaba más de diez veces.
Esta dispersión no es un error de medición, sino el reflejo de una historia real. Las huellas magnéticas se formaron en diferentes momentos y lugares del cuerpo progenitor de Ryugu. Lo más probable es que el registro se creara cuando en los poros de la roca crecía magnetita, un mineral que se forma en presencia de agua. El agua transformó la roca y, en ese momento, esta "recordó" el campo magnético circundante.
Ahora estas piedrecitas son como páginas encontradas de una crónica. Cuentan cómo era el entorno magnético en los primeros decenas de millones de años después del nacimiento del Sol. Y aunque las páginas están incompletas y en parte borradas, bastan para comprender que la historia magnética del sistema solar comenzó mucho antes de que se formaran los planetas.
La magnetita es un imán natural con el que en la antigüedad se fabricaban brújulas. En Ryugu creció en agua, cuando el asteroide era parte de un cuerpo más grande.
En la novela "Solaris" de Stanisław Lem, el océano del planeta guarda memoria del pasado: las partículas de Ryugu hacen lo mismo, pero en forma magnética.