Al pesar un trozo de hielo en un vaso de agua, se puede saber cuánta agua se ha congelado. Si la balanza se equivoca por un factor de tres, el hielo parecerá mucho más de lo que realmente es. Algo similar ocurrió con los cálculos de la fase superconductora en un cristal de níquel, lantano y samario bajo alta presión.
La superconductividad es un estado en el que el material conduce electricidad sin pérdidas, como el agua que fluye por una tubería perfectamente lisa. Para observar esta fase, la muestra se enfría en un campo magnético de dos maneras: primero se enfría y luego se aplica el campo (ZFC), o al revés (FC). Según cómo el material expulsa el campo magnético, se calcula qué parte de la muestra se ha vuelto superconductora. En el artículo de Li y colaboradores, para el cristal La2SmNi2O7 se obtuvo un 62,1% para ZFC y un 14,4% para FC. Pero al verificar, se descubrió que los cálculos tenían un error de exactamente tres veces.
Corregir este error es importante porque los superconductores a base de níquel son una nueva familia de materiales que se estudian con la esperanza de lograr superconductividad a temperaturas no demasiado bajas. Si la fracción de fase superconductora resulta ser menor de lo que se pensaba, habrá que reconsiderar las conclusiones sobre lo bueno que es este material. Pero incluso con la corrección, el resultado de Li y colaboradores sigue siendo importante: confirma que la superconductividad en los niquelatos comprimidos es realmente volumétrica, no superficial.
Los superconductores expulsan el campo magnético, lo que se conoce como efecto Meissner. Si colocas un superconductor sobre un imán, quedará suspendido en el aire, como si estuviera sobre un cojín invisible.