En los laboratorios subterráneos donde se busca materia oscura o doble desintegración sin neutrinos, los detectores están rodeados de silencio. Pero incluso en ese silencio, el polvo radiactivo se posa imperceptiblemente en sus paredes. Una de las fuentes es el radón, un gas invisible que se filtra desde las rocas. Sus descendientes de vida corta se adhieren a las superficies y arruinan las mediciones.
Para ver esa película invisible, los físicos montaron un dispositivo con nueve sensores de silicio que funcionan en vacío. Se expusieron placas de metacrilato en una cámara con alta concentración de radón y luego se observó cuántas partículas alfa salían de su superficie. La sensibilidad del aparato es tal que detecta una desintegración por centímetro cuadrado al día, como si en un campo de fútbol se encontrara un solo grano de arena.
Resultó que la deposición depende de tres factores. Cuanto más tiempo permanece el plástico en la atmósfera de radón, más se deposita, pero la relación no es lineal: primero aumenta y luego se ralentiza. La carga eléctrica de la superficie intensifica la deposición: el plástico con carga negativa acumula más átomos radiactivos. Y la humedad puede tanto ayudar como dificultar: en aire seco, los iones ligeros se adhieren más rápido, mientras que con alta humedad se agrupan en gotas y se depositan de otra manera.
Estos resultados no son mera curiosidad. Al saber cómo se comporta el radón sobre distintos materiales, los ingenieros podrán elegir recubrimientos que acumulen menos suciedad radiactiva. Así, en las próximas generaciones de detectores, el ruido de fondo será menor y será más fácil distinguir las débiles señales de nuevas partículas.
Una desintegración de polonio-210 por centímetro cuadrado al día equivale aproximadamente a un grano de arena que cae en un campo de fútbol.