Imagina que cuentas granos de arena que caen en un reloj de arena, pero cada vez el viento añade o se lleva algunos granos. En las cámaras más sensibles ocurre algo parecido: hay que averiguar cuántos “granos” (electrones) ha añadido el propio sensor y cuántos provienen de la luz. Ese ruido propio del sensor se denomina ruido de lectura, y dificulta ver señales débiles, como la luz de una estrella lejana.
Normalmente, el ruido de lectura se mide variando el brillo de la luz, pero eso es como intentar atrapar el viento. Los autores del artículo han encontrado una manera de evitar esa dependencia. Observaron que si no se miran los valores de la señal en sí, sino cómo se “envuelven” después de cada número entero de electrones, se obtiene un patrón que depende solo del ruido del sensor. Este patrón se asemeja a un adorno repetido en la esfera de un reloj: la manecilla puede apuntar a diferentes números, pero la esfera en sí no cambia.
Este enfoque recuerda a un viejo truco: para medir con más precisión el temblor de una aguja, no se mira su posición, sino cómo pasa muchas veces por las mismas marcas. Los científicos han deducido una fórmula sencilla que relaciona este patrón con el ruido de lectura y la han probado en un modelo informático. Ahora se pueden calibrar las cámaras más rápido y con mayor precisión, sin tener que ajustarse al brillo de la luz.
En los sensores CMOS más sensibles, el ruido de lectura puede ser inferior a un electrón: es como oír caer un solo grano de arena en una habitación ruidosa.