En el desierto, el sol succiona el agua del suelo. Pero una capa de arena repelente al agua de apenas 5–10 mm de espesor funciona como una tapa: deja pasar el aire, pero le cierra el paso al agua. La evaporación cae entre un 63 y un 83%.
Bajo esa tapa, el comportamiento de la arena se invierte por completo. Normalmente, la arena fina pierde humedad un 37% más rápido que la gruesa porque se calienta más. Con la capa protectora, ocurre lo contrario: la arena fina retiene un 40% más de agua y se convierte en la campeona de la conservación.
El secreto es que la tapa obliga a la humedad a no evaporarse directamente por el sol, sino a filtrarse lentamente a través de un laberinto de granos. Cuanto más gruesa es la capa, más largo es el camino y menores las pérdidas. La arena fina bajo la tapa se sobrecalienta menos, por lo que conserva mejor el agua.
La arena repelente al agua se obtiene recubriendo los granos de arena comunes con una fina capa de una sustancia similar a la parafina. Una gota de agua sobre esta arena no se esparce, sino que permanece como una esfera casi perfecta.