En el detector ATLAS del Gran Colisionador de Hadrones, las partículas dejan huellas como esquiadores en la nieve. Algunas huellas se cortan a los pocos centímetros: así se vería una partícula que nace, vuela un trecho y se descompone en algo invisible. Los físicos buscaban precisamente esas «huellas evanescentes» en los datos de colisiones de protones a 13 teraelectronvoltios.
La búsqueda se basó en señales características: una huella de tres o cuatro puntos en las primeras capas del detector, junto a un chorro potente de partículas y un gran déficit de momento (algo invisible se lo lleva). Para distinguir una señal real de coincidencias fortuitas se usaron aprendizaje automático y métodos especiales de estimación del fondo.
Este resultado es como peinar un bosque: no hay rastro de la bestia buscada, pero el mapa del terreno se ha vuelto más preciso. Las próximas búsquedas sabrán dónde no buscar y podrán concentrarse en partículas más pesadas o de vida más larga.
En un nanosegundo, la luz recorre solo 30 centímetros, aproximadamente la longitud de una regla escolar. Las partículas que buscaban los físicos viven menos tiempo del que necesita la luz para cruzar el detector.
La idea de partículas que dejan una huella breve y desaparecen recuerda las historias de fantasmas que se ven solo un instante y luego se disuelven en el aire.