Un imán de nevera se sostiene gracias a muchos átomos alineados en una misma dirección. ¿Y si tomamos un único átomo y le pedimos que recuerde hacia dónde estaba magnetizado? Eso es exactamente lo que hicieron los físicos: pusieron un átomo de disprosio sobre una película delgada de sal de mesa común y comprobaron cuánto tiempo mantiene el átomo su estado magnético.
El átomo resultó terco. A una temperatura de 2,5 K (apenas más cálida que el cero absoluto, donde todo se congela) conservó su magnetización unos 10 segundos si estaba en un lugar concreto de la película de sal. Pero si el átomo se posaba en otro sitio, en la cima de un átomo de cloro, aguantaba nada menos que 550 segundos. Para que te hagas una idea: en 550 segundos puedes hervir agua en un hervidor, y durante todo ese tiempo el átomo 'recordó' su dirección.
Esta resistencia abre el camino al almacenamiento de información a escala de un solo átomo. Hoy en día, un disco duro escribe un bit con miles de átomos, pero aquí tenemos un átomo por bit. Eso sí, todavía queda lejos para un ordenador doméstico: se necesita vacío, frío y un microscopio de efecto túnel. Pero el primer paso está dado: un átomo sobre sal ha demostrado que sabe recordar.
El disprosio es un metal de tierras raras que, en estado puro, es blando como el plomo y se oxida rápidamente al aire. Su nombre proviene del griego 'disprositos', que significa 'difícil de alcanzar'.
En el relato de Arthur C. Clarke 'Los nueve mil millones de nombres de Dios', unos monjes usan un ordenador para enumerar todos los nombres posibles; quizá algún día los imanes atómicos hagan que esos cálculos sean diminutos y silenciosos.