Las viejas placas fotográficas del sondeo del cielo de los años 50 escondían un enigma detectivesco: una y otra vez aparecían en ellas misteriosos destellos. Primera pista: los destellos coincidían con los días de las pruebas nucleares atmosféricas. Segunda pista: el campo magnético terrestre; cuanto más rugía la tormenta, menos manchas aparecían. Era como si el sospechoso solo actuara cuando el tiempo estaba en calma. Esto descartó la teoría del defecto de la película: a los fallos no les afectan las tormentas magnéticas. Pero las partículas atrapadas en trampas invisibles a la altura de los satélites se comportan exactamente así. Las explosiones nucleares agitaban esas partículas, haciéndolas visibles, mientras que la actividad solar en forma de tormentas las barría por completo, dejando el espacio vacío durante días. Las viejas imágenes no captaron simples imperfecciones, sino la danza del clima terrestre y cósmico.
En las noches geomagnéticamente tranquilas, los destellos aparecían en el 17,4% de las placas; durante una tormenta extrema, solo en el 2,4%. La tormenta podía barrer casi todo, dejando los cinturones vacíos durante días.