En el sótano de un laboratorio en Jyväskylä hay una trampa que mantiene un único átomo suspendido, como un mago sostiene una bola en la punta del dedo. El átomo de estaño-113 es inestable: tarde o temprano captura uno de sus electrones y se convierte en indio-113, emitiendo una partícula esquiva: el neutrino. Cuánta energía se libera en este proceso, antes solo se sabía de manera aproximada.
Los físicos midieron esta energía con un dispositivo que compara masas atómicas haciéndolas girar en un campo magnético. Resultó que el estaño-113 tiene dos vías de desintegración que liberan muy poca energía, como si una piedra rodara por una colina suave en lugar de caer por un acantilado. Una vía es particularmente interesante: en ella casi toda la energía va al neutrino, no a otras partículas.
Conocer con precisión la energía de desintegración es como tener un mapa detallado del terreno antes de una caminata. Los futuros experimentos podrán usar esta desintegración para atrapar neutrinos y, quizás, finalmente pesarlos. Mientras tanto, el estaño-113 permanece en la trampa, esperando pacientemente su transformación.
La energía liberada en una de las desintegraciones del estaño-113 es menor que la de una radiografía dental: unos 15 mil electronvoltios.