En una película magnética delgada, como en una sala abarrotada, cada 'persona' es una flecha de espín que tiende a alinearse con sus vecinos. Pero en las esquinas de la sala se forman aglomeraciones: vórtices donde las flechas giran y no pueden alinearse. Estos vórtices viven en parejas: uno gira a la izquierda, el otro a la derecha, y juntos impiden que la sala se calme por completo.
Los físicos tomaron esa película y comenzaron a 'inclinarla': añadieron anisotropía, cuando a las flechas les resulta más favorable mirar a lo largo de una dirección, y la interacción especial de Dzyaloshinskii-Moriya, que por sí misma hace que las flechas vecinas se giren ligeramente unas respecto a otras. El resultado fue una sala inclinada donde los espectadores no solo se empujan, sino que también tienden a enrollarse en espirales.
Los autores calcularon por computadora cómo cambian la capacidad calorífica, la magnetización y la densidad de vórtices a diferentes temperaturas y fuerzas de inclinación. Resultó que añadir simetría óctuple (cuando a las flechas les conviene mirar en ocho direcciones diferentes) divide en dos el pico de capacidad calorífica: la sala parece experimentar dos 'derretimientos' separados del orden.
Estos cálculos no son solo un juego mental. Ya ahora los vórtices en películas magnéticas se utilizan para almacenar bits en nuevos tipos de memoria. Al comprender cómo las inclinaciones controlan su vida, los ingenieros podrán fabricar dispositivos más estables y rápidos.
Un par vórtice-antivórtice en una película magnética se parece a un par de 'ojos' de tifón: uno gira las flechas en el sentido de las agujas del reloj, el otro en sentido contrario, y juntos se mantienen mutuamente en su lugar.